Con ardiente fervor celebraba Misa por la mañana y después se pasaba horas sentado en el confesionario, con el deseo de ser un instrumento de Dios para reconciliar a los pecadores arrepentidos. Organizaba todos los años solemnísimas ceremonias para la Confirmación y con frecuencia —¡oh alegría!— ordenaba a nuevos ministros de Dios. Hacía hincapié en que las celebraciones de las bodas estuvieran revestidas de pompa y decoro, manteniendo viva en las almas la noción de que en el sacramento del Matrimonio se crea un vínculo sagrado que ningún hombre puede romper.
Entonces le dijo al enfermo:
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