Pero después de tantos años sin que las inclemencias del tiempo consiguieran sacudir las piedras de la fortaleza, ni perturbar el sosiego de sus ilustres habitantes, el infortunio les alcanzó de una forma terrible: pasaban los años sin que Dios le concediera a la actual castellana la dádiva de un heredero. Su valiosa estirpe corría el riesgo de ser borrada de la Historia.
No Comments Yet